Felices Fiestas, va por vosotros.

Advertisements

Coses de quesos

Antes de aterrizar en Asturias yo sólo había tenido noticia de un queso asturiano: el cabrales. Y ni siquiera tenía asociada la palabra al queso, sino a un olor, el olor a Cabrales: el más rancio y pestilente de los olores.

El nada desdeñable poder de la imaginación provocó que durante mis primeros meses aquí tuviera que luchar por borrar de mi mente la imagen de una chancla raída y enmohecida por el mar y el sudor, cada vez que se me ofrecía la posibilidad de degustar el renombrado manjar.

A base de autocontrol y mucho entrenamiento puedo decir que he superado el trauma, pero también tengo que confesar que no ha cambiado mi percepción, sino mi actitud hacia dicha percepción. Es decir, el olor del Cabrales me sigue recordando al de aquella bolsa de plástico en la que guardé las chanclas que usé durante un mes de verano en Conil, pero ahora ese mismo olor me resulta muy agradable. Tengo curiosidad por reencontrarme con las chanclas para ver si el proceso se da también a la inversa, aunque lo dudo.

Tras esta introducción huelga reconocer que nunca he sido un experto en quesos y que a bote pronto sólo podría enumerar el queso manchego, el queso de burgos, el roquefor, el filadelfia y el queso de cabra, sin llegar a plantearme si quiera si los anteriores se hacían con leche de cabra, de mona o de búfala (se me olvidaba la mozzarella). Y por supuesto los quesos de la sierra de Cádiz: Grazalema y Villaluenga del Rosario.

Viviendo en Asturias lo primero y quizá lo único que me llamó la atención fue que el queso se tomaba como postre más que como aperitivo. Aquí, después de desgustar unos refinados embutidos, contundentes como la dinamita, un buen pote y/o unas digestivas fabas, ¿qué mejor para bajar la comida que una ración de Cabrales?

Para hacerlo aún más ligero, y quién sabe si inspirándose en el sorbete de limón al cava, hay quien le echa sidra a la ración y aprieta con el tenedor’til obtener una pasta de Cabrales y sidra. Ahora,’til a mí me parece normal. Pero no lo es, creedme amigos asturianos. No lo es.

También aprendí que había más quesos que el Cabrales, pero fue un aprendizaje inconsciente, sin llegar nunca a imaginar la importancia o dimensión que tiene la región como productora de queso.

La Quesería de AguadoPero hace un par de semanas me propusieron realizar un test de asturianía muy didáctico. No me especificaron el tema, pero al ser La Quesería de Aguado el lugar de encuentro, imaginé que algo tendría que ver con los quesos (perspicaz que es uno).

El reto consistía en un responder a una serie de preguntas. Jamás imaginé que el tema de los quesos asturianos pudiese dar para tanto, pero ahora sé que da para eso y para más, porque Asturias es, probablemente, el lugar con mayor concentración quesera del mundo, ¡¡del mundo mundial!! Más incluso que en la Francia de mi madre, donde por cierto, también se degusta como postre.

Asturias es como La Rioja de los quesos, incluso más importante. ¿Quién sabe esto fuera de Asturias? Me temo que poca gente. Y por lo que oigo a los expertos, el Gamoneu sería el equivalente al jamón ibérico 5 jotas. Ahí es na.

Resulta que hay nada más y nada menos que 42 variedades de quesos distintas. Los motivos de esta espectacular proliferación de variedades parece tener relación con la sinuosa orografía asturiana y la diversidad de valles, en los cuales varían las condiciones climatológicas que inciden en la curación de los quesos. Y por supuesto, con la ganadería.

A partir de ahí, ya no me sorprende que ni siquiera el Cabrales sea un solo queso, sino que hay también diferentes tipos, según las leches con las que se elabora o su lugar de procedencia

Todo un universo a investigar, para lo cual hay diseñadas rutas por lugares emblemáticos. Tendré que aplicarme.

Os dejo con un vídeo del test (si lo queréis ver completo, el resto de vídeos están en mi Canal Youtube) y con un enlace para que podáis comprobar las respuestas. Según he podido comprobar, muchos asturianos tampoco habrían aprobado. ¿Estoy en lo cierto? Agradecería vuestras confesiones en forma de comentario.

Aunque por obra y gracia de un tal Henry Felgueroso, pocos hubieran adjudicado el término boborolo a ningún derivado lácteo. Eso seguro.

Clic aquíe para descargar las respuestas al test de quesos 

¿Cuánto sabes de quesos asturianos?

El sábado pasado estuve en uno de los templos del queso en Asturias, La Quesería Aguado de Gijón, donde pusieron a prueba mis conocimientos (más bien desconocimientos)’bout la que es una de las señas de identidad de esta tierra asturiana.

Yo había oído hablar del Cabrales y de sus aromáticas propiedades, pero lo cierto es que el tema de los quesos asturianos es sorprendente y apasionante.

Estoy preparando un post con todo lo que aprendí en el que incluiré el vídeo que grabamos mientras me hacían el test. Pero antes de que os riáis de este humilde gaditano, bien estaría que os sometáis al test y luego seáis sinceros conmigo, ¿cuánto sabéis de quesos asturianos?

Podéis descargarlo completo aquí Quesos-Asturianos.

Quesos-Asturianos-Aguado-1
Quesos-asturianos-aguado-2
quesos-asturianos-aguado-3
Quesos-Asturianos-Aguado-4

Me cago en mi madre

Para integrarse en una tierra hay que dominar no sólo su lengua, sino los dejes, dichos y expresiones propias del lugar. En Cádiz, por ejemplo, no tenemos un idioma reconocido distinto del castellano, pero nuestra forma de hablar tan peculiar delataría al mejor imitador de acentos. Allí, muchas de las palabras que en otras geografrías se consideran insultos, son auténticos elogios dependiendo del contexto.

El tema de la lengua es obviamente más complejo en Asturias, pero en lo referente a cagamentos o palabras mal sonantes, hay una expresión muy extendida que delata a oriundos y sorprende a foráneos: “me cago en mi madre”.

Sí, lo habéis leído bien. A los asturianos que seguís este blog os sonará de lo más normal, pero a los lectores de allende Pajares os dejará de piedra.

En Asturias se cagan en su propia madre igual que en Cádiz te llaman hijoputa, por eso no debería causarme reticencias. Pero hay una diferencia fundamental que me frena y me impide adoptar este rasgo asturianizante: cuando llamas a uno hijoputa con todo el cariño (o no), en caso de duda la madre aludida es la del otro. Diferencia simple pero fundamental. Cuando te cagas en tu madre, es en TU propia madre, la que te dio la vida, la que te crió y te cuidó.

Me cago en MI madre (pronunciado “cagon mi madre”).

Ese MI es el que se me atraganta. Supongo que es algo intuitivo. Ese MI va contra natura,’cause atentar contra la madre es como atentar contra la propia vida. No quiero decir que los asturianos no respeten a sus madres, ni mucho menos, sólo trato de encontrar el motivo que me frena para poder vencerlo.

Además, cuando llamo hijoputa a alguien no visualizo a su madre, aunque la conozca. Pero si intento decir me cagon mi madre la veo a ella, me imagino su cara de enfado y decepción preguntándome: “Alejandro, hijo mío, ¿por qué me haces esto?”

Supongo que es algo que va en la educación o en los genes.

Para ayudarme a superar esta prueba algunos amigos me han recomendado que le pierda el respeto a la expresión (no a mi madre) y que lo vea como un simple latiguillo. Osea, como el osea de los pijos.

Otros me han propuesto que piense en todo lo contrario, que lo vea como el cagamento supremo, como la mayor de las blasfemias en la que pones a tu madre a la altura del mismísimo sumo hacedor. En definitiva, como la manera de elevar a tu madre a los altares.

Sinceramente, no sé si alguna de las dos tácticas me va a servir de ayuda. ¿A qué me voy a estancar aquí?, ¿a que no voy a conseguir superar la prueba?

¡Pues me cagon mi madre!

Lo conseguí.

Mens asturiana in corpore asturiano

0_1232_1

Siguiendo el postulado de la sabiduría clásica que propone una armónica conexión entre cuerpo y mente, me vi atraido por este evento que descubrí en Internet y que tendría lugar en la mítica localidad de Mieres, uno de los epicentros de la Asturias minera, borracha y dinamitera (esto último lo digo con todo mi respeto por las gentes de la mina, quienes según tengo entendido difunden y defienden el dicho).

Comprenderéis que para un gaditano la sola alusión a los deportes tradicionales asturianos resulta llamativa y un tanto desconcertante. En Cádiz, la asociación de los términos “deporte” y “asturianos” remite únicamente a Fernando Alonso y al Sporting.

Sabiendo que en el País Vasco parten troncos y levantan piedras, esperaba encontrarme con algo similar: carreras con madreñas, levantamiento de terneras, descenso de rápidos a nado, competiciones de ordeñado, de siega con guadaña, etc.

Lo cierto es que una vez en Mieres apenas había una carpa a oscuras y lo primero que me ofrecieron fue una peonza, ¡¿la peonza deporte tradicional asturiano?! Tengo que investigarlo,’cause si es así, se trataría de una de las mayores aportaciones de esta tierra a la cultura universal.

Sí había en cambio un juego de la rana, desconocido para mí y en el que demostré gran destreza, haciéndole tragar al anfibio la moneda en más de una ocasión.

El otro deporte que me pareció original fue la carrera de panolles, que consistía en recoger unos troncos del suelo y llevarlos a un cesto, tal y como véis en el vídeo.

Una vez más volvió a quedar patente mi poderío y mi natural predisposición hacia los deportes tradicionales, en la carrera que disputé contra uno de mis cámaras acompañantes. Mi victoria fue apabullante, en lo que considero una especie de venganza por su mutismo durante la grabación del triste episodio de los oricios.

Si bien le gané con holgura, la revisión del vídeo delata que mi victoria debió ser aún más holgada, ¡¿habéis visto que jeta?! ¿Esto se hace entre asturianos, o sólo se les hace a los foriatos llegados del sur?. “La trampa rescampla“, gritó uno que había por allí. ¿Alguien sabe que significa?

En resumen, ya os he dicho que no pude sacarle todo el partido que me hubiera gustado a la excursión a Mieres, pero me ha puesto en la pista de toda una serie de juegos y divertimentos tradicionales a los que puedo prestar atención para tener un corpore asturiano en mens asturiana. De entre todos ellos destacan los bolos asturianos, y ya me he puesto en contacto con una peña para que me enseñen y hagan de mí todo un campeón.

Os lo iré contando.

A la mar fui por castañas.

Con la llegada de noviembre se celebran por todo el mundo diferentes fiestas de similar y tenebrosa temática. La más conocida es Halloween, que algunos repudian por su asociación con la cultura consumista americana y la tachan de fiesta importada, cuando en realidad puede que sea al revés, ya que fueron los americanos los que la importaron (como casi todo en su jovencísima cultura) de otro tipo de ritos que se daban en toda Europa.

El origen del Halloween hay que buscarlo en los pueblos celtas y en sus noches de brujas y de difuntos, que coincide también, y no es casualidad, con la celebración o festividad (no sé si es muy adecuado llamarlo así) cristiana del 1 de noviembre.

Y lo que es más sorprendente, indagando’bout el tema he descubierto que la caracterización de calabazas y los sustos varios se ha venido dando en Asturias, desde tiempos inmemoriales, tal y como expone el erudito Xandru Fernández en este post.

“Lo de las calabazas acalaveradas ha sido un viaje de ida y vuelta: un ornamento de la víspera de Todos los Santos muy normal y muy corriente en las aldeas asturianas’til hace medio siglo más o menos. Desaparecieron durante unas décadas y volvieron gracias a la televisión. También los disfraces y el pedir a la puerta de las casas: costumbre aldeana que había que extinguir y extinguimos,’til que América nos enseñó a ser aldeanos con glamour y perdimos los complejos.”

Pero al grano que me voy del tema. A todo esto en Asturias se une la peculiaridad de que es el momento de recogida de las manzanas con las que se hace la sidra.

Al igual que en la recogida de la oliva en Andalucía, para facilitar la tarea se ponen unas redes o mallas en el suelo, motivo por el cual a este proceso aquí se conoce como mallado, o mallar, según me explicaron mis sabios compañeros y ayudantes. Y se celebra bebiendo la sidra y tomando castañas, en lo que lo que unos llaman magüestu y otros amagüestu. Yo procuro decirlo rápido para que no se note la diferencia y no polemizar con unos ni con otros.

El otro día me invitaron a un a/magüestu pero me pusieron deberes. Me responsabilizaron de llevar las viandas, con la vaga e inconsistente excusa de que todo se aprende mejor experimentando. Y de que si me quiero asturianizar tenía que sufrir en mis carnes la punzante textura de los oricios.

– Aquí debo hacer un inciso para aclarar que en Asturias se denominan oricios a los erizos de mar. Y que quizá por su similar aspecto, también reciben el mismo nombre las cápsulas de pinchos que recubren las castañas. –

Este comentario, unido a mi natural desconocimiento de la fiesta del a/magüestu, a mi lejana relación con las castañas y con algunos usos particulares del léxico astur, provocó la confusión que habéis podido ver en el vídeo y que tanto recochineo está suscitando a mi alrededor .

Tras mucho discutir’bout el tema no me queda más remedio que descartar la mala fe y asumir que quizá (sólo quizá) fui yo el que se hizo un lío y no lo entendió bien. Quienes me invitaron argumentan que no tenía sentido enviarme a por oricios en vez de a por castañas.

Pero sin ánimo de eludir mi responsabilidad yo me pregunto, ¿acaso no es tentar a la confusión ponerles el mismo nombre a dos cosas tan sumamente parecidas? El buen sentido invita a lo opuesto. Precisamente por parecerse tanto necesitan denominaciones bien diferenciadas. Lo contrario es como tener gemelos y llamarles igual. Ese es al menos mi parecer.

Luego me enteré de que también se los conoce como agarrapieyos, uso con el cual se hubiera evitado la bochornosa escena en la Pescadería Cholo (a quienes agradezco su permiso para grabar y su eterna paciencia).

Aunque de todos es sabido que la mezcla de oricios y sidra no es mala en absoluto, no se puede considerar estrictamente un a/magüestu. En el a/magüestu se bebe sidra dulce (muy buena para la diarrea, interprétese esto como se quiera) y castañas asadas, preferiblemente en el tambor desmontado de una lavadora.

Toda una experiencia que espero repetir y documentar en sucesivos post.

Hasta entonces me despido con un consejo para mis lectores foriatos (no asturianos): los a/magüestos siempre con castañas.

El que escancia no come.

En los últimos post os hablé de la relación de los asturianos con la sidra y os mostré mis primeros pasos como escanciador. Quería imponerme el reto de ser el superescanciador, el que siempre la echa en todos eventos y celebraciones.

Parecía interesante, parecía incluso fácil, pero muchas veces las cosas no son como parecen y tras probarlo unos días he llegado a la conclusión de que ésta no es la mejor forma de asturianizarse.

Los motivos son variados: un chorro de sidra es la cosa más inestable y bailarina que te puedas echar a la cara, tal y como puede comprobar tras echármela a la cara en un par de ocasiones. Si las cascadas fueran de sidra, en vez de caer recto caerían haciendo meandros. Por no hablar de las ráfagas de brisa cuando se escancia outdoor, que me hacen recordar y valorar los sabios consejos de los marinos con respecto al orín y el esputo a contra viento.

Conclusión, en cuanto subo la botella por encima de los hombros no hay manera de hacer caer una gota dentro del vaso. Es desesperante, la sidra corre por el suelo, por las mangas de mi camisa, por mi pelo, y lo que yo creí que servía para reciclar la sidra (lo llaman duerno), sirve solamente para no ensuciar el suelo. Así que he echado a perder litros y litros durante días de entrenamiento con fuego real.

Pitorro e Isidrin, perfectos para el "self service"

Pitorro e Isidrin, perfectos para el “self service”

Pero lo que definitivamente me ha hecho renunciar al reto es descubrir que escanciar no es tan importante para los asturianos.

Escanciar no es un privilegio, es un marrón.

Yo pensaba que en un grupo de amigos el escanciador era el protagonista, el amo del cotarro, el que corta el bacalao, el mocín de la película, vamos, como el que toca la guitarra. Pero no, el escanciador es casi siempre el que hace lo que los demás no quieren hacer.

Échala tú, que lo haces mejor o, échala tú que estás más cerca de la botella, no son sino formas más o menos elegantes de quitarse el marrón de encima.

¿Cómo he llegado a esta conclusión? Pues primero poco a poco, pero el colmo fue cuando quedamos un grupo de 8 personas, entre amigos, parejas y uno de Candás que apareció por allí, no se muy bien cómo ni por qué.

Aunque todavía con un estilo poco ortodoxo y sin levantar el brazo más allá de lo que levanto la ceja, me decidí a ser yo de nuevo el escanciador, y entre tanto echar sidra mientras los demás comían, ¡no probé ni el rebozao de un calamar!

Así que, parafraseando a Unamuno, que escancien ellos. 

Lo cual no quiere decir que ceje en mi empeño. Sigo buscando nuevos retos.